El día en que mi padre perdió los papeles

Quiero contarte el día en que mi padre perdió los papeles para que me conozcas un poco mejor. Con más de cuarenta años de edad, tengo muchísimas historias que podría contarte, pero voy a empezar por la que mejor define a mi padre. No es una crítica, tan solo es un homenaje a uno de los momentos que siempre recuerdo con una sonrisa. Es mi cuento de la lechera particular y espero que lo disfrutes.

Antecedentes

Un sábado por la tarde de 1990 mi padre nos reunió a mi hermano y a mí para proponernos un negocio. La empresa en la que trabajaba había cambiado de sede, por lo que era necesario vaciar el antiguo despacho y romper todo el papel acumulado a lo largo de los años. Mi padre trabajaba en una fábrica, así que había papel para parar un tren.

Aunque no teníamos ganas de pasar el domingo sacando papeles, accedimos ante la insistencia de mi padre. Nos dijo que venderíamos todo el papel y nos repartiríamos el dinero. Esto implicaba más trabajo. No podíamos tirarlo en las basuras de enfrente de la fábrica, pero nos daba un aliciente para hacerlo con más ganas.

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El primer día

Al día siguiente nos levantamos temprano y fuimos a la fabrica. Al llegar nos encontramos con un lugar vacío pero lleno de papeles por todos los despachos. Nos fastidió ver que teníamos que subir y bajar muchas escaleras, pero cuando tienes 14 años todo te da un poco igual. Una vez explicado todo lo que teníamos que vaciar, empezamos a llenar el coche de papeles.

Estuvimos hasta la hora de comer pero no hicimos ni el 25 % del trabajo. Mi padre nos dijo que no pasaba nada, que seguiríamos el domingo siguiente. Nos fuimos a comer y empezamos a hablar de la cantidad de papel que había. Estuvimos comentando el dineral que íbamos a ganar. Luego volvimos a casa y no hablamos del tema hasta el viernes siguiente.

Se barajó la opción de ir a vender el papel que habíamos recogido. Tras dar las distintas opiniones, nos pusimos de acuerdo en el plan de actuación. Esperaríamos a tener todo el papel para venderlo de una tacada. Al fin y al cabo nos darían más dinero si lo hacíamos así.

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El fin de semana

Mi padre pensó que necesitaríamos por lo menos dos días para acabar todo el trabajo. El sábado nos pasamos todo el día sacando papel y tirando basuras. Comimos un menú barato y dejamos casi todo listo. Como ya casi habíamos terminado, empezamos a calcular lo que nos iban a pagar.

Lo pasamos genial pensando en lo que podríamos comprar con el dinero que nos pagarían. Yo no era de grandes lujos, pero la verdad es que ya había empezado a fumar. Pensé que me podría tomar unas cervezas con mis amigos y fumar bastante con lo que nos iban a pagar. Solo faltaba trabajar el domingo e ir a cobrar por nuestro duro trabajo.

Sabíamos que el trabajo bien hecho se paga y lo pasamos genial viendo lo mucho que estábamos acumulando. No te voy a negar que estábamos felices. Trabajar en familia puede ser un engorro pero esta vez era diferente. Íbamos a ser ricos, o al menos eso pensé yo.

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Vamos a ser ricos

El domingo trabajamos toda la mañana y acabamos con el papel disponible en la fábrica. Volvimos a casa a comer con mi madre. Luego pasamos la tarde pensando en los otros usos que le daríamos al dinero. No teníamos una cifra concreta, pero nos daba igual. Era dinero bien ganado con nuestro sudor, así que nos había valido la pena.

Estábamos tan contentos que no hubo ni un solo problema en toda la tarde. Cada uno se dedicó a lo suyo y mi padre nos dijo que iría la día siguiente a vender papel. Como verás la historia es muy de Homer Simpson, pero esta vez iba a tener un final feliz. En cuanto volviéramos del colegio tendríamos nuestra gran paga disponible en casa para ir a comprar merienda o lo que quisiéramos.

Que mi padre perdió los papeles es evidente, pero yo aún no lo sabía. Supongo que siempre intentaba ver las cosas con optimismo. La vida me ha ido apartando de esa forma de pensar. De todos modos sigo pensando que valió la pena pasar un rato en familia.

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La triste realidad

En aquella época no había smartphones ni nada que se le pareciera. Esperamos pacientes la llegada de mi padre y en cuanto le oímos abrir la puerta de casa fuimos corriendo a recibirlo. La cara de mi padre no auguraba nada bueno, pero mi hermano y yo éramos un poco autistas y no nos dimos cuenta.

Mi padre nos sentó en el salón y nos dijo: a ver hijos, parece que el papel no vale demasiado. Eso nos dejó un poco preocupados, pero lo que nos diría después nos dejó muertos. El total era de trescientas noventa pesetas (unos dos euros) a repartir entre tres. Aprendimos una dura lección: infórmate antes de hacer nada. Es algo que he intentado aplicar en mi vida sin demasiado éxito.

Conclusiones mi padre perdió los papeles

Mi padre perdió los papeles, pero no pasa nada porque lo pasamos bien. Además, este tipo de cosas son las que importan, de nada hubiera servido ganar más. Seguro que lo habría gastado en tonterías sin importancia. Si no he olvidado esta historia es porque me lo pasé bien. Si sigo recordándolo veinticinco años después es porque me marcó profundamente. La verdad es que mi padre se sintió tan mal que nos regalo algo.

No recuerdo qué nos regalo a cada uno, pero supongo que nos daría algo más de dinero. Al fin y al cabo nos lo había prometido. Había escrito este post para celebrar el día del padre pero lo comparto hoy. Pensé que así podría usarlo como post autobiográfico de los jueves. A cambió escribí sobre 7 padres inolvidables de la historia de la televisión. Aprovecho para agradecerte tu visita a mi blog.

¿Qué te ha parecido el post? ¿Has tenido alguna experiencia parecida? Te invito a que me la cuentes o a que dejes un comentario para aportar lo que quieras a esta nueva revista online.

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